El 19 de agosto se cumplen 100 años del natalicio del destacado pedagogo pampeano Juan Ricardo Nervi. En ese sentido la Universidad Nacional de La Pampa viene publicando una serie de artículos referidos al Maestro.

“Ser maestro es serlo todo o no ser nada. Y en ese juego de báscula, en tenaces, intensas jornadas de lucha, cuando fue necesario dar la cara para que no hubiese dudas acerca de la legitimidad de nuestros desvelos, rebeldías, protestas y reclamos por una escuela que nos estaban destruyendo en acoso implacable, allí, codo con codo en la misma trinchera abierta en defensa de la educación popular, la presencia de Luis Iglesias fue un acontecimiento luminoso”, dijo Ricardo Nervi en su discurso por el premio Aníbal Ponce a Luis Iglesias (1985).

El todo o nada de ser maestro implica oponerse a la atomización de tiempos, a una identidad fraccionada en pedazos. No somos educadores en un horario, amigos en otro, lectores en otro, deportistas en otro, artistas en otro. Somos una totalidad.

El todo o nada de ser maestro supone comunicar y motivar las prácticas acerca de las ciencias, los deportes, las artes, las letras, la política, la historia, la actualidad; pero no desde el enciclopedismo, sino concibiendo a la vida misma como experiencia que integra razón y emociones, pensamientos, vínculos y acciones.

Ricardo renegaba del academicismo, de los poco frecuentadores de las aulas, de las burocracias, de las imposiciones foráneas mercantilizadas.

Viajo en el recuerdo y me pienso niña cruzando la calle para ir a charlar con él, que entró a mi vida con su voz, su mirada, con sus historias sobre México mezcladas con olor a biblioteca y nombres nuevos para mí. Y desde ese recuerdo comprendo que hablar de toda su carrera y de sus títulos académicos, no tiene sentido en este texto.  

Prefiero pensarlo desde su escucha como amigo y maestro, como educador, porque llevando consigo su monumental obra, todo lo leído y vivido, todo lo escrito y reconocido por tantos, desde el aula fría de la calle 9 en Pico, habiendo llegado en el Dumas con su poncho en pleno invierno de los incipientes 90s, se prestaba a enseñarnos a unos pocos chicos que arañábamos las ciencias de la educación.

En esas mañanas heladas, colgaba en la puerta sus títulos, su trayectoria, sus premios y reconocimientos, para brindar su escucha y valoración a quienes en ese entonces nos sentíamos capaces de entender el mundo, desde la necesaria soberbia de una juventud con ganas.

Ricardo nos escuchaba tan atento, sosteniendo su mirada aguda, que nos hacía sentir importantes. Y cuando hablaba dejaba fluir sin mezquindad todo su saber de maestro, de poeta y escritor, de artista, de enamorado del tango y del fútbol, a la vez que nos inducía a leer y nos explicaba la importancia de pensar categorías teóricas para el análisis de la historia de la educación.

Es fundamental reconocer esa forma de vivir y de educar, esa integralidad, para ingresar a su didáctica.

En 1969 desde La práctica docente y sus fundamentos psicodidácticos, planteó el problema de la integración metodológica en la formación que debiera contener aspectos orientativos, formativos, informativos, el interés humanístico, la fundamentación crítica, el enfoque de la enseñanza, el aprendizaje y lo escolar.

La formación del docente, nos dijo después en su Didáctica Normativa (1981), requiere de una orientación didáctica con elementos extraídos de la experiencia práctica y apuntalados por la fundamentación teórica, sin creerse que se trata de una simbiosis de la cual deben salir las consabidas normas aplicables a modo de recetas infalibles. La observancia de las reglas no deja de ser una copia o imitación servil de los esquemas ajenos, y no aseguran el logro de los resultados previstos. De ahí sus restricciones y el peligro de que los maestros incurran en el esquematismo formalista vacío de contenido y de auténtica personalidad docente en que se suele caer cuando se recurre a fórmulas de segunda mano.

La responsabilidad docente supone no perder de vista el enfoque histórico y teórico en las decisiones metodológicas; por eso Ricardo indicó, por ejemplo, que no es lo mismo comprender una lección desde la escuela tradicional que desde Herbart, desde la escuela activa, o desde el criterio ecléctico de Guillén.

Centralizó a la vez la relación con los estudiantes, docentes-discentes con sus matices diferenciales, el valor de los imponderables que gravitan en la relación viva entre maestros y alumnos, la decisiva influencia de la relación en la enseñanza y el aprendizaje, la comunicación directa y constante con los alumnos, el intercambio y la confrontación de opiniones, y el sinvalor de los estereotipos didácticos para pronosticar resultados.

Así como lo escribía y pensaba, Ricardo Nervi ejerció todo su ser maestro. Entonces podíamos encontrarnos en su biblioteca hablando de educación y política, de Castex, y otro día encontrarnos comiendo un asado en la quinta de mis padres, hablando de muchos otros temas que recorrían lo afectivo, los proyectos, los animales. Porque sí, como si hubiera sido poco, Ricardo amaba también a los perros.

Alicia Lescano. Profesora de Ciencias de la Educación.

Foto: TELÉN 1903. NIÑOS EN CLASE. BERNARDO GRAFF. FUENTE: DIARIO “LA CAPITAL” – 19 DE SEPTIEMBRE DE 1903.

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